se podía rechazar; y Harriet fue asaltada de inmediato por media docena de niños, encabezados por una mujer fornida y un muchacho grandulón, todos clamorosos e impertinentes en la mirada, aunque no exactamente en la palabra. Cada vez más asustada, les prometió dinero enseguida y, sacando el monedero, les dio un chelín, rogándoles que no quisieran más ni la trataran mal. Pudo entonces caminar, aunque fuera despacio, y se iba alejando, pero su terror y su monedero resultaban demasiado tentadores, y fue seguida, o más bien rodeada, por toda la banda, que le exigía más.
En este estado la había encontrado Frank Churchill, ella temblorosa y condicionada, ellos ruidosos e insolentes. Por una afortunadísima casualidad, su partida de Highbury se había demorado lo suficiente como para acudir en su ayuda en aquel momento crítico.
Lo agradable de la mañana le había inducido a irse caminando y a dejar que sus caballos lo alcanzaran por otro camino, a una o dos millas más allá de Highbury; y como casualmente le había pedido prestado un par de tijeras la noche anterior a la señorita Bates, y se había olvidado de devolverse las, se había visto obligado a detenerse en su puerta y a entrar por unos minutos: iba, por lo tanto, más tarde de lo que pretendía; y al ir a pie, nadie del grupo lo había visto hasta que estuvo casi encima de ellos.
El terror que la mujer y el muchacho habían estado infundiendo en Harriet pasó entonces a ser de ellos. Los había dejado completamente aterrorizados; y Harriet, aferrándose a él con ansiedad y apenas capaz de hablar, tuvo las fuerzas justas para llegar a Hartfield antes de que sus ánimos se vinieran del todo abajo. Fue idea suya traerla a Hartfield: no había pensado en ningún otro lugar.
Este era el resumen de toda la historia: de su relato y del de Harriet tan pronto como hubo recuperado los sentidos y el habla. No se atrevió a quedarse más tiempo que el necesario para verla bien; aquellos múltiples