evidentemente que le hicieran cumplidos a ella—y empezó: «¿Qué le parece mi vestido?—¿Qué le parece mi adorno?—¿Cómo me ha peinado Wright?»,—junto con muchas otras preguntas al respecto, todas respondidas con paciente educación. La señora Elton dijo entonces: «Nadie piensa menos en el vestido en general que yo—pero en una ocasión como esta, cuando los ojos de todo el mundo están tan puestos en mí, y en homenaje a los Weston—que no tengo duda de que dan este baile principalmente para honrarme a mí—no quisiera des merecer en comparación con los demás. Y veo muy pocas perlas en el salón además de las mías.—Así que Frank Churchill es un excelente bailarín, según tengo entendido.—Ya veremos si nuestros estilos compaginan.—Es un joven apuesto sin duda, Frank Churchill. Me cae bastante bien».
En este momento Frank empezó a hablar con tanta vehemencia, que Emma no pudo menos de imaginarse que había oído sus propias alabanzas y no quería escuchar más;— y las voces de las señoras quedaron sepultadas por un momento, hasta que otra pausa volvió a traer los tonos de la señora Elton claramente a primer plano.— El señor Elton acababa de unirse a ellos, y su esposa exclamaba:
“¡Vaya! Por fin nos habéis descubierto en nuestro retiro, ¿verdad?—En este mismo momento le decía a Jane que creía que empezaríais a estar impacientes por tener noticias nuestras”.
—¡Jane! —repitió Frank Churchill, con una mirada de sorpresa y desagrado—: Eso es fácil..., pero supongo que la señorita Fairfax no lo desaprueba.
—¿Qué te parece la señora Elton? —dijo Emma en un susurro.
—En absoluto.
“Eres un desagradecido.”