—Ahora, señora —dijo Jane a su tía—, ¿vamos con la señora Elton?
—Como gustes, querida. De todo corazón. Estoy perfectamente lista. Estaba lista para haberme ido con ella, pero esto servirá igual. Pronto la alcanzaremos. Ahí está—no, esa es otra. Es una de las señoras del grupo del coche irlandes, no se le parece en nada.—Vaya, si te digo—
Se alejaron, seguidos medio minuto después por el señor Knightley.
El señor Weston, su hijo, Emma y Harriet fueron los únicos que se quedaron; y el ánimo del joven se elevó entonces a un grado casi desagradable.
Hasta a Emma se le acabó por fin el cansancio de los halagos y la alegría, y habría preferido dar un paseo tranquilo con cualquiera de los otros, o sentarse casi sola, y sin que nadie le hiciera caso, contemplando con tranquilidad las hermosas vistas que tenía debajo.
La aparición de los sirvientes que los buscaban para avisar de la llegada de los carruajes fue una visión gozosa; y hasta el bullicio de reunirse y prepararse para la marcha, y el empeño de la señora Elton en que su carroza fuera la primera, se soportaron con gusto ante la perspectiva del tranquilo trayecto de vuelta a casa que iba a poner fin a los más que dudosos disfrutes de aquel día de diversión.
Esperaba no volver a dejarse arrastrar jamás por un plan semejante, compuesto por gente tan mal avenida.
Mientras esperaba el carruaje, encontró al señor Knightley a su lado. Miró a su alrededor, como para cerciorarse de que no hubiera nadie cerca, y luego dijo:
“Emma, debo hablarle una vez más como he solido hacerlo: un privilegio quizás más tolerado que permitido, pero aun así debo usarlo. No puedo verla obrar mal sin hacerle una reconvención.