Esta fue la única visita de Frank Churchill en el espacio de diez días. A menudo tenía la esperanza, la intención de venir, pero siempre se lo impedían. Su tía no soportaba que la dejara. Tal era su propia versión en Randalls. Si era completamente sincero, si de verdad intentaba venir, cabía deducir que el traslado de la señora Churchill a Londres no había servido de nada para la parte caprichosa o nerviosa de su dolencia. Que estuviera realmente enferma era algo muy cierto; él mismo se había declarado convencido de ello en Randalls. Aunque gran parte fuera pura imaginación, no cabía dudar, al echar la vista atrás, de que se encontraba en un estado de salud más débil que medio año antes. No creía que se debiera a nada que el cuidado y la medicina no pudiesen remediar, o al menos que no le permitiera conservar muchos años de vida por delante; pero no hubo forma de convencerle, a pesar de todas las dudas de su padre, de que dijera que sus dolencias eran meramente imaginarias o que estaba tan fuerte como siempre.
Pronto resultó evidente que Londres no era lugar para ella. No podía soportar sus ruidos. Sus nervios se hallaban en un estado de continua irritación y sufrimiento; y al cabo de diez días, la carta de su sobrino a Randalls comunicaba un cambio de planes.
Iban a trasladarse inmediatamente a Richmond. A la señora Churchill le habían recomendado los servicios médicos de un eminente especialista de allí, y por lo demás tenía debilidad por el lugar. Habían alquilado una casa amueblada en una zona muy cotizada, y esperaban obtener grandes beneficios del cambio.
Emma oyó que Frank escribía con el mejor ánimo acerca de este acuerdo, y que parecía apreciar plenamente la dicha de tener dos meses por delante de tan inmejorable vecindad con muchos y queridos amigos —pues la casa había sido alquilada para mayo y junio.
Le contaron que ahora escribía con la mayor confianza de estar a menudo con ellos, casi tan a menudo como pudiera desear.