pues bien, Emma siempre me da la impresión de ser la viva imagen de la salud adulta. Es la encarnación misma de la hermosura. Señor Knightley, ¿verdad que sí?”.
—No tengo nada que reprocharle a su físico —respondió—. Creo que es todo cuanto usted describe. Me encanta mirarla; y añadiré esta alabanza: no creo que sea vanida de su propia persona. Teniendo en cuenta lo muy hermosa que es, parece preocuparse poco por ello; su vanidad va por otro lado. Mrs. Weston, no logrará que cambie de opinión sobre mi antipatía hacia Harriet Smith, ni sobre mi temor de que ambas salgan perjudicadas.
—Y yo, señor Knightley, estoy igualmente firme en mi confianza de que no les hará ningún daño. Con todos los pequeños defectos de la querida Emma, es una criatura excelente. ¿Dónde veremos una mejor hija, o una hermana más cariñosa, o una amiga más fiel? No, no; tiene cualidades en las que se puede confiar; nunca encauzará a nadie verdaderamente mal; no cometerá ningún error duradero; donde Emma se equivoca una vez, acierta cien.
—Muy bien; no os molestaré más. Emma será un ángel, y me guardaré el mal humor para mí hasta que las navidades traigan a John y a Isabella. John quiere a Emma con un afecto razonable y, por tanto, no ciego, e Isabella siempre piensa como él; excepto cuando él no está lo bastante asustado por los niños. Estoy seguro de contar con sus opiniones.
—Sé que en realidad todos ustedes la quieren demasiado para ser injustos o desconsiderados; pero discúlpeme, señor Knightley, si me tomo la libertad (considero que tengo, ya sabe, algo del privilegio de palabra que habría tenido la madre de Emma), la libertad de insinuar que no creo que pueda resultar ningún bien posible de que la amistad de Harriet Smith sea motivo de gran discusión entre ustedes. Le ruego que me disculpe; pero, aun suponiendo que pudiera temerse algún pequeño inconveniente a causa de dicha amistad, no cabe esperar