Ayer no pude dar ningún detalle coherente; pero lo repentino y, en cierto modo, lo inoportuno con que estalló el asunto necesita explicación; porque, aunque el acontecimiento del 26 del mes pasado, como deducirá, me abrió de inmediato las perspectivas más felices, no me habría precipitado a tomar medidas tan tempranas de no ser por circunstancias muy particulares, que no me dejaban ni una hora que perder. Yo mismo me habría acobardado ante algo tan apresurado, y ella habría sentido cada uno de mis escrúpulos con fuerza y refinamiento multiplicados.—Pero no tenía opción. El apretado compromiso que había contraído con esa mujer... Aquí, mi querida señora, me vi obligado a detenerme abruptamente para recordarme quién soy y serenarme.—He estado caminando por el campo y ahora, espero, estoy lo suficientemente en mi sano juicio como para hacer que el resto de mi carta sea lo que debe ser.—Es, de hecho, un recesos de lo más humillante para mí. Me porté de manera vergonzosa. Y aquí debo admitir que mis modales con Miss W., por resultarle desagradables a Miss F., fueron sumamente censurables. Ella los desaprobó, lo cual debería haber bastado.—Mi excusa de ocultar la verdad no le pareció suficiente.—Estaba disgustada; me pareció que sin razón: la creí, en mil ocasiones, innecesariamente escrupulosa y cautelosa: hasta la creí fría. Pero ella siempre tuvo razón. Si hubiera seguido su criterio y doblegado mi espíritu al nivel de lo que ella consideraba apropiado, me habría ahorrado la mayor infelicidad que he conocido jamás.—Nos peleamos.—¿Se acuerda de la mañana que pasamos en Donwell?— Allí cada pequeño descontento que había surgido antes llegó a un punto crítico. Llegué tarde; me la encontré caminando sola hacia su casa y
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Capítulo L
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