«¡Una broma muy bonita la que me ha estado gastando, se lo aseguro! Esto ha sido un truco, supongo, para jugar con mi curiosidad y poner a prueba mi talento para adivinar. Pero de verdad me ha asustado. Creí que había perdido la mitad de su patrimonio, al menos. Y ahora, en vez de ser un motivo de pésame, resulta ser de felicitación. Lo felicito, Mr. Weston, de todo corazón, por la perspectiva de tener como hija a una de las jóvenes más encantadoras y cultas de Inglaterra».
Una o dos miradas entre él y su esposa le convencieron de que todo iba tan bien como anunciaba aquel discurso, y el feliz efecto en su ánimo fue inmediato. Su aspecto y su voz recuperaron su vivacidad habitual: le apretó la mano a ella con cordialidad y gratitud, y abordó el asunto de un modo que demostraba que ahora solo necesitaba tiempo y persuasión para considerar que el compromiso no era una mala idea. Sus acompañantes se limitaron a sugerir lo que podía mitigar la imprudencia o suavizar las objeciones; y para cuando lo hubieron hablado todo juntos, y él lo hubo hablado de nuevo todo con Emma, en su paseo de regreso a Hartfield, ya se había reconciliado por completo, y poco faltaba para que pensara que era lo mejor que Frank habría podido hacer jamás.