La señora Elton fue vista por primera vez en la iglesia; pero aunque la devoción pudo verse interrumpida, la curiosidad no pudo quedar satisfecha por una novia en un banco, y habría que esperar a las visitas de rigor que debían hacerse entonces para decidir si era verdaderamente muy bonita, o solo un poco bonita, o nada bonita en absoluto.
Emma tenía el propósito, más impulsado por el orgullo o el decoro que por la curiosidad, de no ser la última en ir a presentar sus respetos; y se empeñó en que Harriet fuera con ella para librarse cuanto antes de la parte más pesada del asunto.
No podía volver a entrar en la casa, no podía estar en la misma habitación a la que se había retirado tres meses atrás con tan vano artificio, para abrocharse la bota, sin recordar...
Mil pensamientos molestos acudían a su memoria. Cumplidos, charadas y horribles meteduras de pata; y no era de suponer que la pobre Harriet no estuviera recordando también; pero se portó muy bien, y solo estaba algo pálida y callada.
La visita fue por supuesto breve; y hubo tanta vergüenza y ocupación mental como para acortarla, que Emma no se permitió formarse una opinión completa de la señora, y bajo ningún concepto darla, más allá de los términos huecos de estar «elegantemente vestida y ser muy agradable».
No le gustaba demasiado. No se apresuraría a encontrarle defectos, pero sospechaba que carecía de elegancia;—desparpajo, pero no elegancia.—Estaba casi segura de que para una mujer joven, una desconocida, una recién casada, había demasiado desparpajo. Su físico era bastante bueno;