mejores y más puros motivos, podía estar negándose ahora a esta visita a Irlanda, y resuelta a separarse eficazmente de él y de sus allegados al iniciar pronto su carrera de laborioso deber.
En conjunto, Emma la dejó con sentimientos tan benévolos y compasivos que, al caminar de regreso a casa, miró a su alrededor y lamentó que Highbury no ofreciera ningún joven digno de darle la independencia; nadie por quien deseara hacer planes.
Eran sentimientos encantadores, pero pasajeros. Antes de que se hubiera comprometido mediante una manifestación pública de eterna amistad hacia Jane Fairfax, o de haber hecho algo más en orden a una retractación de sus pasados prejuicios y errores que decirle al señor Knightley: «¡Ciertamente es hermosa; es más que hermosa!», Jane había pasado una velada en Hartfield con su abuela y su tía, y todo volvía a recaer en su estado habitual. Las antiguas provocaciones reaparecieron. La tía era tan pesada como siempre; más pesada, porque ahora se sumaba la preocupación por su salud a la admiración por sus facultades; y tuvieron que escuchar la descripción exacta de lo poco de pan con mantequilla que desayunaba y lo pequeña que era la rodaja de carnero que comía almorzando, además de presenciar muestras de cofias nuevas y costureros nuevos para su madre y para ella misma; y las ofensas de Jane volvieron a surgir. Hubo música; Emma se vio obligada a tocar; y las gracias y alabanzas que necesariamente siguieron le parecieron una afectación de franqueza, un aire de grandeza que solo pretendía lucir con mayor prestancia su propia y muy superior ejecución. Ella era además —lo que era peor de todo—, ¡tan fría, tan cauta! No había modo de averiguar su verdadera opinión. Envuelta en un manto de educación, parecía decidida a no arriesgar nada. Era repelente y sospechosamente reservada.
Si algo podía ser más, donde todo era maximizado, ella se mostraba más reservada respecto a Weymouth y los Dixon que sobre cualquier otra cosa.