En este estado de planes, esperanzas y confabulaciones, junio se abrió paso en Hartfield.
A Highbury en general no le trajo ningún cambio sustancial.
- Los Elton seguían hablando de la visita de los Suckling y del uso que iban a dar a su barouche-landau;
- y Jane Fairfax seguía en casa de su abuela;
- y como el regreso de los Campbell desde Irlanda se había retrasado de nuevo, fijándose ahora para agosto en lugar de mediados del verano, era probable que ella permaneciera allí al menos dos meses más, siempre y cuando, al menos, fuera capaz de frustrar el celo de la señora Elton en su favor y evitar que la precipitaran en una situación encantadora en contra de su voluntad.
Mr. Knightley, que, por alguna razón que él solo sabía, sin duda había cogido una temprana tirria a Frank Churchill, no hacía sino aumentársela. Empezó a sospechar que había cierta duplicidad en sus pretensiones hacia Emma. Que Emma era su objetivo parecía indiscutible. Todo lo pregonaba: sus propias atenciones, las insinuaciones de su padre, el prudente silencio de su madrastra; todo iba al unísono; las palabras, la conducta, la discreción y la indiscreción contaban la misma historia. Pero mientras tantos lo destinaban a Emma, y la propia Emma se lo endosaba a Harriet, Mr. Knightley empezó a sospechar en él cierta inclinación a divertirse a costa de Jane Fairfax. No lograba entenderlo; pero había indicios de complicidad entre ellos —al menos eso creía él—,