señoras casi siempre dispuestas a aceptar una invitación de Hartfield, a quienes se buscaba y llevaba a casa tan a menudo, que el señor Woodhouse no lo consideraba una carga ni para James ni para los caballos. De haber ocurrido solo una vez al año, habría sido un motivo de queja.
Mrs. Bates, viuda de un antiguo vicario de Highbury, era una señora muy anciana, casi incapizada para todo que no fuera el té y el quadrille. Vivía con su hija soltera de forma muy modesta, y era tratada con toda la consideración y el respeto que una anciana inofensiva, en tan desfavorables circunstancias, puede suscitar.
Su hija gozaba de un grado poco común de popularidad para una mujer ni joven, ni hermosa, ni rica, ni casada. La señorita Bates se hallaba en la peor situación del mundo para ganarse el favor del público; y no poseía ninguna superioridad intelectual con la que consolarse a sí misma, ni que intimidara a quienes pudiesen aborrecerla obligándoles a guardarle un respeto externo.
Jamás había presumido ni de belleza ni de ingenio. Su juventud había transcurrido sin distinción, y su madurez estaba consagrada al cuidado de una madre debilitada y al esfuerzo por estirar al máximo sus escasos ingresos.
Y sin embargo, era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie nombraba sin buena voluntad.
Eran su propia benevolencia universal y su carácter satisfecho los que obraban tales maravillas. Amaba a todo el mundo, se interesaba por la felicidad de todos, era perspicaz para reconocer los méritos ajenos; se consideraba una criatura de lo más afortunada, rodeada de bendiciones en una madre tan excelente, tantos buenos vecinos y amigos, y un hogar al que no le faltaba de nada.