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XIII

demasiado ávida y absorta en sus propias concepciones y puntos de vista previos como para escucharlo con imparcialidad o verlo con claridad, se dio por muy satisfecha con su confuso reconocimiento de que hacía «mucho frío, ciertamente mucho frío», y siguió caminando, regocijándose de haberlo librado de Randalls y de haberle asegurado la posibilidad de mandar a preguntar por Harriet a cada hora de la tarde.

—Haces muy bien —dijo ella—; ya le daremos tus excusas al señor y a la señora Weston.

Pero apenas hubo terminado de hablar, cuando descubrió que su hermano le ofrecía amablemente un asiento en su carruaje, si el tiempo era la única objeción del señor Elton, y que el señor Elton aceptaba en efecto la oferta con gran prontitud y satisfacción.

Era un hecho consumado; el señor Elton iba a ir, y nunca su ancho y apuesto rostro había expresado más placer que en este momento; nunca su sonrisa había sido más radiante, ni sus ojos más jubilosos que cuando la miró a continuación.

—Pues —se dijo a sí misma—, ¡esto es rarísimo! ¡Haberlo sacado yo de apuros tan bien, para luego preferir ir de visita social y dejar a Harriet enferma! ¡Rarísimo, de verdad! Pero creo que en muchos hombres, especialmente en los solteros, hay tal inclinación, tal pasión por cenar fuera... Un compromiso para cenar ocupa un lugar tan alto entre sus placeres, sus ocupaciones, sus dignidades y casi sus deberes, que cualquier cosa pasa a un segundo plano ante él; y este debe ser el caso del señor Elton; un joven sin duda muy valioso, afable, agradable y muy enamorado de Harriet; pero aun así, no puede rechazar una invitación, tiene que cenar fuera dondequiera que lo inviten. ¡Qué cosa tan extraña es el amor! Es capaz de ver ingenio vivaz en Harriet, pero no cenará a solas por ella.

Poco después, el señor Elton se marchó, y ella no pudo menos que hacerle justicia al percibir que había una gran dosis de sentimiento en su

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