No hacía mucho que él se había marchado, ni mucho menos lo suficiente como para que ella tuviera la más mínima inclinación a pensar en otra persona, cuando le llevaron una carta de Randalls; una carta muy gruesa; adivinó lo que debía de contener y reprobó la necesidad de leerla. Ahora estaba en perfecta armonía con Frank Churchill; no quería explicaciones, solo quería tener sus pensamientos para ella sola; y en cuanto a entender cualquier cosa que él escribiera, estaba segura de que era incapaz de hacerlo. Había que leerla, sin embargo. Abrió el paquete; era demasiado cierto; una nota de la señora Weston para ella misma, daba paso a la carta de Frank a la señora Weston.
“Tengo el mayor placer, mi querida Emma, en remitirte lo adjunto. Sé cuán cabalmente sabrás valorarlo, y apenas tengo dudas de su feliz efecto.—Creo que no volveremos a estar en desacuerdo sustancial respecto al autor; mas no voy a entretenerte con un largo prefacio.—Estamos muy bien.—Esta carta ha sido la cura de toda la pequeña inquietud que he estado sintiendo últimamente.—No me gustó del todo tu aspecto el martes, pero era una mañana desapacible; y aunque nunca admitas que te afecta el tiempo, creo que todo el mundo siente un viento del nordeste.—Sentí mucho lo de tu querido padre en la tormenta del martes por la tarde y de ayer por la mañana, pero tuve el consuelo de saber anoche, por boca del señor Perry, que no lo había enfermado.
“Si ayer me hice inteligible, esta carta será esperada; pero, esperada o no, sé que será leída con franqueza e indulgencia.—Usted es toda bondad, y creo que hará falta incluso toda su bondad para disculpar algunas partes de