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Capítulo XXXVI

“Y le aseguro, señor Weston, que tengo muy pocas dudas de que mi opinión será decididamente favorable hacia él. He oído hablar tanto en alabanza del señor Frank Churchill... Al mismo tiempo, es justo señalar que soy de las que siempre juzgan por sí mismas y que de ningún modo se dejan guiar ciegamente por los demás. Le aviso que, tal como encuentre a su hijo, así lo juzgaré. No soy una aduladora”.

Mr. Weston meditabundo.

—Espero —dijo al cabo—, no haber sido severo con la pobre señora Churchill. Si está enferma, sentiría ser injusto con ella; pero hay ciertos rasgos en su carácter que me dificultan hablar de ella con la indulgencia que desearía.

Usted no puede ignorar, señora Elton, mi vínculo con la familia, ni el trato que he recibido; y, entre nosotros, toda la culpa de ello recae sobre ella. Ella fue la instigadora. A la madre de Frank jamás se la habría menospreciado de la manera en que lo fue de no ser por ella.

El señor Churchill tiene orgullo, pero su orgullo no es nada comparado con el de su esposa: el suyo es una especie de orgullo tranquilo, indolente y caballeroso que no le haría daño a nadie, y que solo lo vuelve un poco inútil y tedioso; ¡pero el orgullo de ella es arrogancia e insolencia! Y lo que inclina a uno menos a soportarlo es que no tiene un justo título de familia o linaje. Ella era una don nadie cuando él se casó con ella, apenas la hija de un caballero; pero desde el momento en que se convirtió en una Churchill, los ha superado a todos en pretensiones altaneras y vanidosas: mas en su interior, le aseguro, es una advenediza.

“¡Imagínese! Bueno, ¡eso debe de ser infinitamente irritante! Le tengo auténtico pánico a los advenedizos. Maple Grove me ha provocado un asco tremendo hacia la gente de esa ralea; ¡porque en esa vecindad hay una familia que es un tormento para mi hermano y mi hermana por los humos que se dan!

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