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Capítulo XLI

—Vaya, muy cierto, querida —exclamó esta última, aunque Jane no había dicho una sola palabra—; iba a decir exactamente lo mismo. Ya es hora de que nos vayamos, en efecto. Se nos echa la cima la noche y la abuela nos estará esperando. Estimado caballero, es usted demasiado amable. De verdad que debemos despedirnos.

La agilidad de Jane al moverse demostró que estaba tan dispuesta como su tía había anticipado. Se levantó de inmediato y quiso retirarse de la mesa; pero, como muchos otros también se estaban moviendo, no pudo escapar; y al señor Knightley le pareció ver otro montón de cartas empujadas con ansiedad hacia ella y apartadas con firmeza por esta sin examinar. Poco después ella estuvo buscando su chal; Frank Churchill también lo buscaba; empezaba a atardecer y la estancia era un caos; y cómo se despidieron, el señor Knightley no pudo saberlo.

Se quedó en Hartfield después de todos los demás, con la mente llena de lo que había visto; tan llena, que cuando llegaron las velas para ayudar a sus observaciones, tuvo que —sí, sin duda tenía que—, como amigo —un amigo preocupado—, darle a Emma alguna pista, hacerle alguna pregunta. No podía verla en una situación de tanto peligro sin intentar salvarla. Era su deber.

—Dígame, Emma —dijo él—, ¿puedo preguntar en qué consistía la gran diversión, el aguijón tan punzante de la última palabra que le dieron a usted y a la señorita Fairfax? Vi la palabra y tengo curiosidad por saber cómo pudo resultar tan sumamente entretenida para la una y tan sumamente angustiosa para la otra.

Emma estaba sumamente confusa. No soportaba darle la verdadera explicación; pues aunque sus sospechas no se habían disipado en absoluto, le daba mucha vergüenza habérselas comunicado alguna vez.

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