tales asuntos en general, y muy poco apta para simpatizar con un afecto por el señor Elton en particular; pero le parecía razonable que, a la edad de Harriet y con la extinción total de toda esperanza, se pudiera avanzar lo suficiente hacia un estado de tranquilidad para cuando regresara el señor Elton, como para permitirles a todos reencontrarse en la rutina común de conocidos, sin ningún peligro de delatar sentimientos ni de avivarlos.
Harriet lo consideraba la perfección misma y sostenía que no existía nadie igual a él ni en presencia ni en bondad; y demostró, en verdad, estar mucho más resueltamente enamorada de lo que Emma había previsto; pero, aun así, le parecía algo tan natural, tan inevitable luchar contra una inclinación de ese tipo no correspondida, que no podía comprender que continuara durante mucho tiempo con la misma intensidad.
Si el señor Elton, a su regreso, hacía que su propia indiferencia fuera tan evidente e indudable como ella no dudaba que con ansiedad procuraría, no podía imaginar que Harriet persistiera en poner su felicidad en la visión o el recuerdo de él.
El estar fijos, tan absolutamente fijos, en el mismo lugar, era malo para cada uno, para los tres. Ninguno de ellos tenía el poder de mudarse, o de efectuar ningún cambio material de compañía. Tenían que encontrarse mutuamente, y sacar lo mejor de ello.
Harriet era además desafortunada en el tono de sus compañeras en casa de la señora Goddard; al ser el señor Elton la adoración de todas las maestras y niñas mayores del colegio; y solo en Hartfield cabía la posibilidad de que lo oyera mentar con templada moderación o repelente verdad.
Donde se había inferido la herida, allí debía hallarse la cura si es que la había; y Emma sentía que, hasta verla camino de sanar, no habría verdadera paz para ella misma.