equivocado. Había demasiada felicidad doméstica en la casa de su hermano; la mujer adoptaba en ella una forma demasiado amable; Isabella se parecía demasiado a Emma—diferenciándose tan solo en aquellas llamativas inferioridades, que siempre traían a la otra ante él con todo su brillo—, como para haber logrado gran cosa, aun de haber sido mayor su tiempo.—Se había quedado, sin embargo, con firmeza, día tras día—hasta que el correo de esa misma mañana le había traído la historia de Jane Fairfax.—Entonces, junto con la alegría que forzosamente se sentía, es más, que no vacilaba en sentir, al no haber creído jamás que Frank Churchill mereciera en absoluto a Emma, sintió tal ternura y solicitud, tanta y tan aguda inquietud por ella, que no pudo quedarse ni un momento más. Había vuelto a caballo bajo la lluvia; y había ido caminando directamente después de cenar, para ver cómo esta criatura, la más dulce y mejor de todas, irreprochable a pesar de todos sus defectos, soportaba el descubrimiento.
La había encontrado alterada y decaída.—Frank Churchill era un villano.—Le había oído declarar que nunca lo había amado. El carácter de Frank Churchill no era desesperado.—Ella era su propia Emma, de obra y palabra, cuando regresaron a la casa; y si en ese momento hubiera podido pensar en Frank Churchill, podría haberlo tenido por un muchacho de lo más excelente.