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Capítulo XLIX

equivocado. Había demasiada felicidad doméstica en la casa de su hermano; la mujer adoptaba en ella una forma demasiado amable; Isabella se parecía demasiado a Emma⁠—diferenciándose tan solo en aquellas llamativas inferioridades, que siempre traían a la otra ante él con todo su brillo⁠—, como para haber logrado gran cosa, aun de haber sido mayor su tiempo.⁠—Se había quedado, sin embargo, con firmeza, día tras día⁠—hasta que el correo de esa misma mañana le había traído la historia de Jane Fairfax.⁠—Entonces, junto con la alegría que forzosamente se sentía, es más, que no vacilaba en sentir, al no haber creído jamás que Frank Churchill mereciera en absoluto a Emma, sintió tal ternura y solicitud, tanta y tan aguda inquietud por ella, que no pudo quedarse ni un momento más. Había vuelto a caballo bajo la lluvia; y había ido caminando directamente después de cenar, para ver cómo esta criatura, la más dulce y mejor de todas, irreprochable a pesar de todos sus defectos, soportaba el descubrimiento.

La había encontrado alterada y decaída.⁠—Frank Churchill era un villano.⁠—Le había oído declarar que nunca lo había amado. El carácter de Frank Churchill no era desesperado.⁠—Ella era su propia Emma, de obra y palabra, cuando regresaron a la casa; y si en ese momento hubiera podido pensar en Frank Churchill, podría haberlo tenido por un muchacho de lo más excelente.

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