niños tanto como de costumbre. Recuerdo que una tarde los pobres muchachos dijeron: «El tío parece estar siempre cansado ahora»”.
Llegaba el momento en que la noticia debía difundirse más ampliamente, y en que se pondría a prueba la reacción de otras personas. Tan pronto como la señora Weston estuvo lo suficientemente recuperada para admitir las visitas del señor Woodhouse —teniendo presente Emma que sus suaves argumentos debían emplearse en favor de la causa—, decidió anunciarlo primero en casa y luego en Randalls. ¡Pero cómo soltárselo por fin a su padre! Se había comprometido a hacerlo en un momento en que el señor Knightley estuviera ausente, pues de lo contrario, al llegar el instante decisivo, le habría fallado el corazón y lo habría postergado; pero el señor Knightley iba a presentarse a una hora determinada y a dar continuidad al inicio que ella debía hacer. Se veía obligada a hablar, y además a hablar con alegría. No debía convertirlo en un motivo de mayor desdicha para él con su propio tono melancólico. No debía aparentar que lo consideraba una desgracia. Con todo el ánimo de que pudo valerse, lo preparó primero para algo extraño y luego, en pocas palabras, le dijo que, si se obtenían su consentimiento y su aprobación —lo cual confiaba en que no presentaría ninguna dificultad, ya que era un plan para fomentar la felicidad de todos—, el señor Knightley y ella tenían la intención de casarse; con lo cual Hartfield recibiría la constante incorporación de la compañía de aquella persona a quien sabía que él quería, después de sus hijas y de la señora Weston, por encima de todo el mundo.
¡Pobre hombre!; al principio fue un golpe considerable para él, y trató fervientemente de disuadirla. Se le recordó, más de una vez, que ella siempre había dicho que nunca se casaría, y se le aseguró que le iría mucho mejor si permanecía soltera; y se le habló de la pobre Isabella y de la pobre señorita Taylor. Pero no sirvió de nada. Emma lo rodeó con afecto, sonrió y dijo que tenía que ser así; y que él no debía incluirla a ella en el mismo grupo que a Isabella y a la señora Weston, cuyos matrimonios, al alejarlas de Hartfield, habían supuesto, en verdad, un