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XXII

Cómo debía agradecerse aquella visita —qué sería necesario hacer— y qué resultaría más prudente, había sido objeto de cierta dudosa consideración. Ignorar por completo a la madre y a las hermanas, una vez invitadas a venir, equivaldría a una ingratitud. No podía ser: ¡y sin embargo, el peligro de que se reanudara el conocimiento...!

Después de mucho pensar, no pudo decidir nada mejor que el que Harriet devolviera la visita; pero de un modo que, si tenían juicio, les hiciera comprender que había de ser una relación meramente formal.

Se proponía llevarla en el carruaje, dejarla en Abbey Mill mientras ella daba una vuelta más lejos, y pasar a recogerla tan pronto que no quedara tiempo para insinuaciones insidiosas o peligrosas nostalgias del pasado, dando así la prueba más concluyente del grado de intimidad que se elegía para el futuro.

No se le ocurría nada mejor; y aunque había en ello algo que su propio corazón no podía aprobar —cierto matiz de ingratitud, apenas disimulado—, tenía que hacerlo, o ¿qué sería de Harriet?

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