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XII

—Vamos, vamos —exclamó Emma, al sentir que este no era un tema seguro—, debo rogarte que no hables del mar. ¡Me da envidia y me pone desgraciada, yo que nunca lo he visto! Queda prohibido Southend, por favor. Querida Isabella, todavía no te he oído preguntar ni una sola vez por el señor Perry, y él nunca se olvida de ti.

—¡Oh! El buen señor Perry... ¿Cómo está, señor?

—Pues bastante bien; pero no del todo bien. El pobre Perry está indispuesto del hígado y no tiene tiempo de cuidarse —me dice que no tiene tiempo de cuidarse—, lo cual es muy triste; pero lo reclaman de todas partes del condado. Supongo que no habrá en ninguna parte un hombre con tanta clientela. Pero tampoco hay en ninguna parte un hombre tan listo.

“Y la señora Perry y los niños, ¿cómo están? ¿crecen los niños? Le tengo mucho aprecio al señor Perry. Espero que pase a visitarnos pronto. Le alegrará muchísimo ver a mis pequeños”.

—Espero que esté aquí mañana, pues tengo un par de preguntas que hacerle sobre mí mismo que son de cierta importancia. Y, querida, cuando venga, harías bien en dejarle que mire la garganta de la pequeña Bella.

“¡Oh, querido señor, su garganta está mucho mejor, de modo que casi no tengo ninguna preocupación al respecto! O los baños le han sentado maravillosamente, o bien hay que atribuírselo a un excelente linimento del señor Wingfield, que le hemos estado aplicando de vez en cuando desde agosto”.

—No es muy probable, querida, que los baños le hayan servido de algo, y si hubiera sabido que necesitabas una loción, le habría dicho a—

—Me parece que te has olvidado de la señora y la señorita Bates —dijo Emma—; no he oído ni una sola pregunta por ellas.

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