—Un hombre —dijo—, debe tener un concepto muy alto de sí mismo cuando pide a la gente que deje su propia chimenea y desafíe un día como este, con el único fin de venir a visitarlo. Debe de considerarse un tipo de lo más simpático; yo no sería capaz de hacer tal cosa.
Es el colmo de la absurdidad. ¡Y pensar que está nevando en este preciso momento! La necedad de no permitir que la gente esté a gusto en su casa —¡y la necedad de que la gente no se quede cómodamente en casa cuando puede!
Si estuviéramos obligados a salir en una tarde como esta por cualquier llamada del deber o de los negocios, ¡qué gran penuria nos parecería!; y aquí nos tenéis, probablemente con ropa bastante más ligera de la habitual, poniéndonos en marcha voluntariamente, sin excusa, desafiando la voz de la naturaleza, que le dice al hombre, en todo lo que se ofrece a su vista o a sus sentimientos, que se quede en casa y resguarde bajo techo todo lo que pueda; aquí nos tenéis poniéndonos en marcha para pasar cinco aburridas horas en la casa de otro, sin nada que decir ni escuchar que no se dijera y escuchara ayer, y que no pueda decirse y escucharse de nuevo mañana.
Ir con un tiempo melancólico, para volver probablemente con otro peor; cuatro caballos y cuatro sirvientes sacados de paseo para nada que no sea transportar a cinco criaturas ociosas y temblorosas a unas habitaciones más frías y a una peor compañía de la que habrían tenido en casa.
Emma no se sintió capaz de dar la aquiescencia complacida que sin duda él solía recibir, ni de emular el «Muy cierto, vida mía», que habitualmente debían de dispensarle sus compañeros de viaje; pero tuvo la suficiente resolución para abstenerse de dar cualquier respuesta.
No podía ser condescendiente, temía ser discutidora; su heroísmo se limitaba al silencio. Le permitió hablar, acomodó los prismáticos y se abrigó sin abrir los labios.