En realidad, no había tenido la menor sospecha de su propia influencia. La había seguido hasta el bosquecillo sin la menor intención de ponerla a prueba. Había acudido, en su afán por ver cómo soportaba el compromiso de Frank Churchill, sin ningún propósito egoísta, sin ningún propósito en absoluto, salvo el de intentar, si ella le daba pie, consolarla o aconsejarla. El resto había sido obra del momento, el efecto inmediato de lo que oyó sobre sus sentimientos. La deliciosa seguridad de la total indiferencia de ella hacia Frank Churchill, de tener el corazón por completo desvinculado de aquel, había dado origen a la esperanza de que, con el tiempo, él mismo pudiera ganar su afecto; pero no había sido una esperanza de presente; solo había aspirado, en el triunfo momentáneo del entusiasmo sobre la prudencia, a que le dijeran que ella no prohibía su intento de conquistarla. Las esperanzas superiores que se fueron abriendo gradualmente resultaron mucho más encantadoras. ¡El afecto, que había estado pidiendo que se le permitiera crear, si pudiera, ya era suyo! En menos de media hora había pasado de un estado de ánimo profundamente angustiado a algo tan parecido a la felicidad perfecta que no podía tener otro nombre.
Su cambio era idéntico.—Esta sola media hora había otorgado a cada uno la misma preciosa certidumbre de ser amados, había disipado en ambos el mismo grado de ignorancia, celos o desconfianza.—Por su parte, había existido un celo arraigado, viejo como la llegada, o incluso la expectativa, de Frank Churchill.—Había estado enamorado de Emma, y celoso de Frank Churchill, desde más o menos el mismo período, habiéndole iluminado probablemente un sentimiento respecto al otro. Fue su celo hacia Frank Churchill lo que lo había alejado del campo.—La excursión a Box Hill lo había decidido a marcharse. Quería evitarse presenciar de nuevo semejantes atenciones permitidas y alentadas.—Se había ido para aprender a ser indiferente.—Pero se había ido al lugar