hablar de Harriet, y los tres cuartos de milla le habrían parecido uno solo. Pero ahora, habría preferido que no sucediera. Creía que él había estado bebiendo demasiado del buen vino del señor Weston, y estaba segura de que iba a querer decir tonterías.
Para contenerlo todo lo posible con sus propios modales, se disponía de inmediato a hablar con exquisita calma y gravedad sobre el tiempo y la noche; pero apenas había empezado, apenas habían pasado la verja circular y alcanzado el otro carruaje, cuando se encontró con que su tema era interrumpido, su mano apresada, su atención reclamada, y el señor Elton declarándosele de forma vehemente: aprovechando la preciosa oportunidad, manifestando sentimientos que ya debían de ser de sobra conocidos, esperando, temiendo, adorando, dispuesto a morir si ella lo rechazaba; pero halagándose a sí mismo con que su ardiente afecto, su amor inigualable y su pasión sin ejemplo no dejarían de surtir algún efecto y, en suma, muy decidido a que lo aceptaran formalmente lo antes posible. Realmente era