habitación, probaba en el arbustedo; en todas partes, en cualquier postura, advertía que había actuado con la mayor debilidad; que los demás la habían engañado en un grado de lo más humillante; que ella se había estado engañando a sí misma en un grado todavía más humillante; que era desgraciada, y que probablemente hallaría que ese día no era sino el principio de la desdicha.
Comprender, comprender a fondo su propio corazón, fue su primer empeño.
A ese fin iban destinados cada momento de ocio que las exigencias de su padre le permitían y cada momento de involuntaria distracción.
¿Cuánto tiempo llevaba el señor Knightley siendo tan querido para ella, como cada sentimiento le declaraba ahora que era? ¿Cuándo había comenzado su influencia, semejante influencia?—¿Cuándo había sucedido a aquel lugar en su afecto que Frank Churchill había ocupado una vez, por un breve período?—Miró atrás; comparó a los dos—los comparó tal como siempre habían estado en su estima desde el momento en que este último le fue