su frente ancha y despejada, como la sombra de las nubes que flotan sobre un campo de mieses; mientras que sus servidores, en quienes el nombre del sexto caballero parecía producir un efecto casi eléctrico, pendían en suspenso de las miradas de su amo. Pero cuando Rowena habló, el sonido de su voz pareció sacarle de su silencio.
—Señora —dijo Cedric—, esto no es decoroso; si fuera necesaria una prenda más, yo mismo, ofendido y justamente ofendido como estoy, empeñaría aun mi honor por el honor de Ivanhoe. Pero el desafío por combate ya está completo, incluso según las caprichosas normas de la caballería normanda... ¿No es así, padre Aymer?
—Así es —replicó el Prior—; y la bendita reliquia y la rica cadena las guardaré a buen recaudo en el tesoro de nuestro convento, hasta que se decida este belicoso desafío.
Habiendo hablado así, se santiguó una y otra vez, y tras muchas genuflexiones y rezos entre dientes, entregó el relicario al hermano Ambrosio, su monje asistente, mientras él mismo recogía con menos ceremonia, pero tal vez con no menor satisfacción interna, la cadena de oro, y la guardaba en una bolsa forrada de cuero perfumado que se abría bajo su brazo.
—Y ahora, sir Cedric —dijo—, mis oídos repican vísperas con la fuerza de vuestro buen vino; permitidnos otro brindis por el bienestar de lady Rowena, y concedednos la libertad de retirarnos a descansar.
“Por la cruz de Bromholme —dijo el sajón—, ¡puesto muy en entredicho dejáis vuestro renombre, señor Prior! La fama os señala como un fraile alegre, capaz de oír las campanas de maitines antes de abandonar la copa; y, viejo como soy, temía salir avergonzado al enfrentarme a vos. Mas, a fe mía, un muchacho sajón de doce años, en mis tiempos, no habría renunciado tan pronto a su copa”.