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XL

Pero poco después de los maitines, pidió ver al Prior.

El anciano acudió apresuradamente y preguntó con ansiedad por el estado de su salud.

—Es mejor —dijo— de lo que mis más caros deseos habrían podido anticipar; o mi herida ha sido más leve de lo que la efusión de sangre me hizo suponer, o este bálsamo ha obrado en ella una curación maravillosa. Ya siento como si pudiera soportar mi coselete; y tanto mejor, pues pasan por mi mente pensamientos que no me inclinan a permanecer aquí por más tiempo en la inactividad.

—¡Dios y los santos nos libre —dijo el Prior—, que el hijo del sajón Cedric abandone nuestro convento antes de que sus sanen sus heridas! Sería una vergüenza para nuestra orden que lo permitiéramos.

—Tampoco desearía abandonar vuestro hospitalario techo, venerable padre —dijo Ivanhoe—, si no me sintiera capaz de soportar el viaje y obligado a emprenderlo.

—¿Y qué le ha podido instar a una partida tan repentina? —dijo el Prior.

—¿Jamás, padre santo —respondió el Caballero—, habéis sentido el presentimiento de un mal cercano, para el cual en vano intentabais hallar una causa?⁠—¿Jamás habéis visto vuestra mente ensombrecerse, como un paisaje soleado por una nube repentina, que augura una tempestad inminente?⁠—¿Y no creéis que tales impulsos merecen atención, por ser los avisos de nuestros espíritus guardianes de que el peligro se acerca?

—No puedo negar —dijo el Prior, persignándose—, que tales cosas han existido y han venido del Cielo; mas entonces tales comunicaciones han tenido un alcance y una tendencia visiblemente útiles. Pero tú, herido como estás, ¿de qué te sirve seguir los pasos de aquel a quien no podrías ayudar, si llegara a ser atacado?

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