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XXXVIII

—continuó el médico, dirigiéndose a Higg, el hijo de Snell—, no te niego el auxilio de mi arte, pero no socorro ni con un áspero a los que piden limosna en el camino real. ¡Fuera de aquí! ¿Tienes parálisis en las piernas? ¡Pues que tus manos trabajen para ganarte el sustento!; porque, aunque no sirvas para correo veloz, ni para pastor cuidadoso, ni para la guerra, ni para el servicio de un amo impaciente, hay sin embargo ocupaciones... ¿Qué hay ahora, hermano? —dijo, interrumpiendo su perorata para mirar hacia Isaac, quien apenas había echado una ojeada al pergamino que Higg le ofrecía, cuando, lanzando un profundo gemido, cayó de su mula como un hombre moribundo y permaneció un minuto sin sentido.

El Rabino desmontó entonces con gran alarma, y aplicó apresuradamente los remedios que su arte le sugería para la recuperación de su compañero. Incluso había sacado de su bolsillo unas ventosas y se disponía a proceder a la flebotomía, cuando el objeto de su ansiosa solicitud revivió de repente; pero fue para tirarse la gorra de la cabeza y echarse polvo sobre las canas. Al principio, el médico se inclinó a atribuir esta repentina y violenta emoción a los efectos de la locura; y, manteniéndose en su propósito inicial, comenzó de nuevo a manipular sus instrumentos. Pero Isaac pronto le convenció de su error.

—¡Hijo de mi dolor —dijo—, bien podrías llamarte Benoni, en vez de Rebeca! ¿Por qué ha de precipitar tu muerte mis canas en el sepulcro, hasta que, en la amargura de mi corazón, maldiga a Dios y muera?

—Hermano —dijo el rabino con gran sorpresa—, ¿eres tú un padre en Israel, y pronuncias palabras como estas?— ¡Confío en que el hijo de tu casa todavía viva!

—Ella vive —respondió Isaac—; pero es como Daniel, que fue llamado Beltsasar, aun dentro del foso de los leones. Está cautiva de esos hombres de Belial, y desatarán su crueldad sobre ella, sin perdonar ni su juventud ni su hermoso semblante.

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