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XL

—A no ser que juzgue que escucho una voz cuyos mandatos no deben disputarse —respondió el yeoman—, enviaría una flecha tras el cobarde taimado que le ahorraría el trabajo de un largo viaje.

—Llevas un corazón inglés, Locksley —dijo el Caballero Negro—, y bien juzgas que estás más obligado a obedecer mi mandato: ¡yo soy Ricardo de Inglaterra!

A estas palabras, pronunciadas en un tono de majestad propio del alto rango y del carácter no menos distinguido de Ricardo Corazón de León, los hombres libres se arrodillaron al instante ante él y, al mismo tiempo, le rindieron juramento de fidelidad e imploraron perdón por sus ofensas.

“Levantaos, amigos míos”, dijo Ricardo con tono afable, mirándoles con un rostro en el que su habitual buen humor ya había vencido al arrebato de la cólera repentina, y cuyas facciones no conservaban ninguna huella del reciente y desesperado combate, a excepción del rubor producido por el esfuerzo. “Levantaos —dijo—, amigos míos! Vuestros delitos, ya sean en el bosque o en el campo, han sido compensados por los leales servicios que prestasteis a mis afligidos súbditos ante los muros de Torquilstone, y por el rescate que hoy habéis proporcionado a vuestro soberano. Levantaos, mis fieles, y sed buenos súbditos en el futuro. Y tú, valiente Locksley…”

—No me llame usted más Locksley, mi Señor, sino conózcame por el nombre que, me temo, la fama ha pregonado demasiado para que no haya llegado incluso a sus reales oídos: soy Robin Hood del bosque de Sherwood.

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