El campesino cojo se quedó un rato mirándolos alejarse.
“¡Estos perros judíos! —dijo—; ¡no hacer más caso de un hermano libre de gremio, que si yo fuera un esclavo o un turco, o un hebreo circunciso como ellos! Podrían haberme tirado un mancuso o dos, sin embargo. No estaba obligado a traer sus impíos garabatos, y correr el riesgo de ser hechizado, como me dijeron más de uno. ¿Y qué me importa la monedita de oro que me dio la muchacha, si he de sufrir daño por parte del cura el próximo domingo de Pascua en la confesión, y verme obligado a darle el doble para reconciliarme con él, y que me llamen el correo volante del judío el resto de mi vida, por si acaso, además? ¡Creo que estaba hechizado de verdad cuando estuve al lado de esa muchacha! ¡Pero siempre ha sido así con judío o gentil, cualquiera que se acercara a ella; nadie podía negarse cuando ella tenía un encargo que hacer, y aun así, cada vez que pienso en ella, daría mi tienda y mis herramientas para salvarle la vida!”.