“¿Como digo?”, repitió el judío; “¡Oh! créelo, no digo sino la verdad; soy un hombre despojado, endeudado, angustiado. Manos duras me han arrancado mis bienes, mi dinero, mis naves y todo cuanto poseía—Sin embargo, puedo decirte lo que te falta y, tal vez, proporcionártelo también. Tu deseo en este preciso momento es tener un caballo y una armadura”.
El Palmero dio un vuelco, y se volvió repentinamente hacia el judío:—¿Qué demonio te ha sugerido esa ocurrencia? —dijo con apremio.
—No importa —dijo el judío, sonriendo—, con tal de que sea verdadera y, así como puedo adivinar tu necesidad, también puedo satisfacerla.
—Pero considerad —dijo el Palmero—, mi carácter, mi hábito, mi voto.
—Conozco a los cristianos —respondió el judío—, y sé que el más noble de vosotros toma el bastón y la sandalia en penitencia supersticiosa, y va a pie a visitar las tumbas de los hombres muertos.
—No blasfemes, judío —dijo el Peregrino con severidad.
—Perdóneme —dijo el judío—; hablé con ligereza. Pero ayer por la noche y esta mañana se le escaparon a usted palabras que, como chispas del eslabón, mostraron el metal que lleva dentro; y en el pecho de esa túnica de Palmero se ocultan una cadena de caballero y unas espuelas de oro. Relumbraron cuando se inclinó sobre mi lecho por la mañana.
El Peregrino no pudo evitar una sonrisa.
—¿Si tus vestidos fueran registrados por una mirada tan curiosa, Isaac —dijo—, qué descubrimientos no se harían?
—Basta ya de eso —dijo el judío, cambiando de color; y sacando apresuradamente sus materiales de escribir, como para cortar la