¿Tu monarca? ¡Bah! Se sabe de muchos príncipes que han cambiado sus ropas por nuestra capucha y nuestro sayal, mas ¿cuál de nosotros sintió jamás el vano deseo de cambiar por una corona la gris capucha de un Fray! El Fray ha salido, y doquiera que vaya, la tierra y sus manjares son suyos por derecho; puede vagar a su antojo, puede detenerse cuando se cansa, pues la casa de todo hombre es la del Fray Descalzo. Se le espera al mediodía, y nadie, hasta su llegada, puede profanar el gran sillón ni las gachas de ciruelas; pues lo mejor de la comida y el asiento junto al fuego son derecho indiscutible del Fray Descalzo. Se le espera por la noche, se calienta el pastel de carne, se abre la ale morena y se llena el jarro negro, y la buena esposa desearía ver al buen esposo en el fango antes de que le faltara una almohada blanda al Fray Descalzo. ¡Larga vida a la sandalia, al cordón y a la capa, terror del diablo y confianza del Papa! Pues cosechar las rosas de la vida, sin sufrir la espinosa zarza, le está concedido tan solo al Fray Descalzo.
—¡Por mi fe —dijo el caballero—, has cantado bien y con brío, y en gran alabanza de tu orden! Y, hablando del rey de Roma, santo clérigo, ¿no temes que te haga una visita durante algunos de tus pasatiempos no canónicos?
—¡Yo incanónico! —contestó el ermitaño—; ¡desdeño la acusación, la desdeño con los talones! Cumplo el deber de mi capilla debida y verdaderamente: dos misas diarias, mañana y tarde, primas, horas, vísperas, aves, credos, pateres...