un porquerizo en el castillo señorial de Reginald Front-de-Boeuf!
—Os burláis, señor caballero —respondió el barón—; ¿pero a quién iba a enviar? Malvoisin está ya en York con sus hombres, y lo mismo mis otros aliados; y lo mismo habría estado yo, de no ser por esta maldita empresa.
—Entonces manda a York y haz que regrese nuestra gente —dijo De Bracy—. Si resisten el temblor de mi estandarte o la vista de mis Compañeros Libres, les concederé el mérito de ser los forajidos más audaces que jamás hayan tensado un arco en el bosque verde.
—¿Y quién llevará semejante recado? —dijo Front-de-Boeuf—; sitiarán todos los caminos y le arrancarán el encargo del pecho. Lo tengo —añadió, tras meditar un momento—: Señor Templario, tú sabes escribir tan bien como leer, y si tan solo logramos encontrar los útiles de escritura de mi capellán, que murió hace un año en medio de sus juergas navideñas...
“Si os place —dijo el escudero, que aún seguía presente—, creo que la vieja Urfried los tiene guardados en alguna parte, por amor al confesor. Él fue el último hombre, según la he oído contar, que le dijo jamás algo que un hombre deba dirigir por cortesía a doncella o matrona”.
—Ve y búscalos, Engelred —dijo Front-de-Boeuf—; y luego, señor Templario, tú darás respuesta a este atrevido desafío.
—Antes lo haría a la punta de la espada que a la de la pluma —dijo Bois-Guilbert—; pero hágase como queráis.
Se sentó en consecuencia, y redactó, en lengua francesa, una epístola del tenor siguiente:—«Sir Reginald Front-de-Boeuf, con sus nobles y caballerescos aliados y confederados, no acepta desafíos de manos de esclavos, siervos o fugitivos. Si quien se hace llamar el Caballero Negro