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III. Cedric el Sajón

que los astutos vagabundos inventan para engañarnos y conseguir hospitalidad—, pero no—; el hijo que me ha desobedecido ya no es mío; ni volveré a preocuparme por su suerte más que por la del más vil entre los millones que jamás se cosieron la cruz al hombro, se precipitaron en el exceso y la culpa de sangre, y lo llamaron cumplimiento de la voluntad de Dios.

Frunció el ceño y clavó los ojos un instante en el suelo; al levantarlos, las puertas de dos hojas del fondo del vestíbulo se abrieron de par en par y, precedidos por el mayordomo con su vara y cuatro criados que portaban antorchas encendidas, los invitados de la noche entraron en la estancia.

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