—Esa última parte de tu discurso, Dennet —dijo el Juglar—, te ha salvado un par de costillas o dos.
—¡Bah, hombre, no le temo! —dijo Dennet—; estoy algo viejo y tieso, pero cuando luché por la campana y el carnero en Doncaster...
—Pero la historia—la historia, amigo mío—volvió a decir el Juglar.
“Pues bien, la historia no es otra sino esta: Athelstane de Coningsburgh fue sepultado en San Edmundo”.
—Eso es mentira, y de las gordas —dijo el fraile—, pues yo lo vi llevar a su propio castillo de Coningsburgh.
—Pues bien, contad la historia vosotros mismos, amos míos —dijo Dennet, irritándose ante estas repetidas contradicciones; y con cierta dificultad se logró convencer al patán, mediante los ruegos de su camarada y del Juglar, para que retomara su relato—. Estos dos frailes sobrios —dijo al fin—, ya que este reverendo varón insiste en que lo sean, habían estado bebiendo buena cerveza, vino y lo que se tercie, la mayor parte de un día de verano, cuando los despertó un profundo gemido, un tintineo de cadenas y la figura del difunto Athelstane entró en la estancia diciendo: «¡Vosotros, malos pastores!...»
—Es falso —dijo el fraile con prisa—, nunca pronunció una palabra.
—¡So ho! Fray Tuck —dijo el Juglar, apartándolo de los aldeanos—; me parece que hemos levantado una nueva liebre.
—Te digo, Allan-a-Dale —dijo el Ermitaño—, que vi a Athelstane de Coningsburgh tan claramente como los ojos corporales vieron jamás a un hombre vivo. Llevaba su mortaja, y todo en él olía a sepulcro; una pipa de vino de Xerez no logrará borrarlo de mi memoria.