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VIII. El Torneo

Un fuerte grito de los espectadores, la agitación de bufandas y pañuelos, y las aclamaciones generales, atestiguaban el interés que los espectadores tomaban en este encuentro; el más igualado, así como el mejor ejecutado, que había honrado el día.

Pero no bien hubieron los caballeros retomado sus puestos, cuando el clamor de los aplausos se aquietó en un silencio tan profundo y tan muerto, que parecía que la multitud temía incluso respirar.

Concedida una pausa de pocos minutos para que los combatientes y sus caballos recuperaran el aliento, el príncipe Juan hizo señal con su bastón de mando a las trompetas para que tocaran la carga.

Los campeones partieron por segunda vez de sus puestos y se encontraron en el centro del palenque con la misma velocidad, la misma destreza, la misma violencia, pero no con la misma y afortunada igualdad que antes.

En este segundo encuentro, el Templario apuntó al centro del escudo de su antagonista y lo golpeó con tanta precisión y fuerza que su lanza se hizo añicos, y el Caballero Desheredado se tambaleó en la silla.

Por otra parte, ese campeón había dirigido, al principio de su carrera, la punta de su lanza hacia el escudo de Bois-Guilbert, pero, cambiando su objetivo casi en el momento del choque, la dirigió hacia el casco, un blanco más difícil de alcanzar, pero que, de lograrse, hacía que el impacto fuera más irresistible.

Con pulso firme y acierto le dio al normando en la visera, donde la punta de su lanza quedó prendida de los rejones. Aun así, a pesar de esta desventaja, el Templario mantuvo su gran reputación; y de no haberse reventado las cinchas de su silla, es posible que no hubiera sido desmontado. Dieron la casualidad, sin embargo, de que silla, caballo y jinete rodaron por el suelo bajo una nube de polvo.

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