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XL

durante unos minutos fuera lo suficientemente ágil para realizar cualquier tarea inmediata, o para comprender cualquier tema inmediato. A caballo, por lo tanto, se mecía perpetuamente hacia adelante y hacia atrás, ahora sobre las orejas del corcel, luego de pronto sobre la mismísima grupa del animal⁠—ahora colgando ambas piernas de un solo lado, y ahora sentado de cara a la cola, haciendo muecas, morisquetas y mil gestos simiescos, hasta que su palafrén se tomó tan a pecho sus excentricidades que terminó por tenderlo a lo largo sobre la verde hierba⁠—un incidente que divirtió mucho al Caballero, pero que obligó a su compañero a cabalgar con más aplomo de ahí en adelante.

En aquel punto de su viaje en que los sorprendemos, esta alegre pareja se entretenía cantando un virelai, como solía llamarse, en el cual el bufón llevaba un tono meloso, secundando al más docto Caballero del Candado. Y la letrilla decía así:⁠—

Anna-Marie, amor, ya sale el sol, Anna-Marie, amor, la aurora empezó, Las brumas se alejan, amor, aves cantan con libertad, Arriba a la mañana, amor, Anna-Marie.

Anna-Marie, amor, arriba en la mañana, El cazador toca alegres notas en su cuerno, El eco resuena alegre desde la roca y el árbol, Es hora de despertarte, amor, Anna-Marie.

—Una canción delicada —dijo Wamba cuando hubieron terminado su villancico—, y ¡voto por mi cetro de bufón que encierra una linda moraleja! Solía cantarla con Gurth, antaño mi compañero de juegos y ahora, por la gracia de Dios y de su amo, nada menos que un hombre libre; y una vez nos ganamos unos buenos palos por estar tan embelesados con la melodía que nos quedamos en la cama dos horas después de la salida del sol, cantando la letrilla entre el sueño y la vigilia; los huesos me duelen de solo pensar en la tonada desde entonces. No obstante, he desempeñado el papel de Anna-Marie para complaceros, noble señor.

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