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XLIV

propio linaje con el de Alfredo, una vez que las pretensiones superiores del descendiente de Eduardo el Confesor habían quedado abandonadas para siempre. La aversión de Cedric hacia la estirpe real de los normandos también se vio muy socavada: primero, al considerar la imposibilidad de librar a Inglaterra de la nueva dinastía, un sentimiento que contribuye en gran medida a generar la lealtad del súbdito hacia el rey de facto; y, segundo, por la atención personal del rey Ricardo, a quien deleitaba el humor brusco de Cedric y que, para usar el lenguaje del Manuscrito de Wardour, tanto supo tratar al noble sajón que, antes de haber sido huésped en la corte durante siete días, ya había dado su consentimiento para el matrimonio de su pupila Rowena y su hijo Wilfredo de Ivanhoe.

Las nupcias de nuestro héroe, aprobadas así formalmente por su padre, se celebraron en el más augusto de los templos, la noble catedral de York.

El Rey en persona asistió y, por el favor que demostró en esta y otras ocasiones hacia los afligidos y hasta entonces humillados sajones, les brindó una perspectiva más segura y cierta de alcanzar sus justos derechos de la que razonablemente podían esperar del azar precario de una guerra civil.

La Iglesia aportó sus solemnidades plenas, enmarcadas con todo el esplendor que la de Roma sabe desplegar con tan brillante efecto.

Gurth, galantemente ataviado, servía como escudero a su joven amo, a quien había servido con tanta fidelidad, y el magnánimo Wamba, adornado con un gorro nuevo y un juego magnífico de cascabeles de plata.

Compañeros en los peligros y la adversidad de Wilfredo, continuaron siendo, como con razón podían esperar, los partícipes de su carrera más próspera.

Pero además de este séquito doméstico, estas distinguidas nupcias se celebraron con la asistencia de los normandos de alta alcurnia, así como

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