alcance para propiciar el matrimonio propuesto, en el cual creía estar prestando un servicio importante a la causa sajona. La repentina y novelesca aparición de su hijo en la liza de Ashby, la había considerado con razón como casi un golpe mortal para sus esperanzas. Su afecto paternal, es verdad, había ganado por un instante la victoria sobre el orgullo y el patriotismo; pero ambos habían regresado con toda su fuerza y, bajo su acción conjunta, ahora estaba empeñado en hacer un esfuerzo decidido por la unión de Athelstane y Rowena, además de acelerar aquellas otras medidas que parecían necesarias para impulsar la restauración de la independencia sajona.
Sobre este último asunto estaba bregando ahora con Athelstane, no sin tener motivos, de vez en cuando, para lamentarse, como Hotspur, de haber movido un plato de leche descremada a tan honorable empresa. Athelstane, es verdad, era bastante vanidoso y le encantaba que le picaran los oídos con historias de su ilustre linaje y de su derecho por herencia al homenaje y a la soberanía. Pero su pequeña vanidad quedaba suficientemente satisfecha al recibir dicho homenaje de manos de sus allegados y de los sajones que se le acercaban. Si tenía el valor para afrontar el peligro, al menos aborrecía la molestia de ir a buscarlo; y aunque coincidía con los principios generales expuestos por Cedric acerca de la pretensión de los sajones a la independencia, y se convencía aún con mayor facilidad de su propio título para reinar sobre ellos una vez alcanzada dicha independencia, sin embargo, cuando se trataba de debatir los medios para hacer valer tales derechos, seguía siendo «Athelstane el Indeciso», lento, irresoluto, remolón y poco emprendedor. > Las cálidas y apasionadas exhortaciones de Cedric producían tan poco efecto en su temperamento impasible como balas al rojo vivo que cayeran en el agua, las