tiene en verdad derecho a los honores de la caballería, debería saber que se halla degradado por su asociación actual, y no tiene derecho a pedir explicaciones a los hombres de bien de noble sangre. En cuanto a los prisioneros que hemos hecho, os exigimos por caridad cristiana que enviéis a un hombre de religión para que reciba su confesión y los reconcilie con Dios; puesto que es nuestra firme intención ejecutarles esta mañana antes del mediodía, de modo que sus cabezas, colocadas sobre las almenas, muestren a todos cuán poco estimamos a aquellos que se han movilizado para su rescate. Por tanto, como queda dicho, os exigimos que enviéis a un sacerdote para reconciliarlos con Dios, con lo cual les prestaréis el último servicio terrenal».
Esta carta, una vez doblada, fue entregada al escudero, y por este al mensajero que aguardaba afuera, como respuesta a la que él había traído.
El ballestero, habiendo cumplido así su misión, regresó al cuartel general de los aliados, que por el momento se había establecido bajo un roble venerable, a unos tres tiros de flecha de distancia del castillo.
Aquí Wamba y Gurth, con sus aliados el Caballero Negro y Locksley, y el jovial ermitaño, aguardaban con impaciencia una respuesta a su requerimiento.
Alrededor, y a cierta distancia de ellos, se veía a muchos intrépidos ballesteros, cuyos atuendos silvestres y rostros curtidos por la intemperie delataban la naturaleza habitual de su ocupación.
Más de dos doscientos ya se habían congregado, y otros iban llegando rápidamente. Aquellos a quienes obedecían como líderes solo se diferenciaban de los demás por una pluma en el sombrero; su vestimenta, armas y equipo eran en todo lo demás iguales.
Además de estas bandas, una fuerza menos ordenada y peor armada, compuesta por los habitantes sajones del municipio vecino, así como por