y permaneció un instante contemplando el rostro del barón humillado, en cuyos rasgos el orgullo luchaba con la vergüenza.
—No pides por tu vida, Waldemar —dijo el Rey.
—Quien está en las garras del león —respondió Fitzurse—, sabe que es inútil.
—Tómala, pues, sin que la pidas —dijo Ricardo—; el león no se alimenta de cadáveres postrados. Conserva tu vida, pero con esta condición: que en tres días saldrás de Inglaterra para ir a ocultar tu infamia en tu castillo normando, y que jamás mencionarás el nombre de Juan de Anjou en relación con tu fechoría. Si te encuentras en territorio inglés pasado el plazo que te he concedido, morirás; y si murmuras algo que pueda empañar el honor de mi casa, ¡por San Jorge! ni el altar mismo te servirá de sagrado. Te colgaré para alimento de los cuervos desde el pináculo más alto de tu propio castillo. —Dale un corcel a este caballero, Locksley, pues veo que vuestros arqueros han cogido los que andaban sueltos, y déjale marchar sin daño.