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XVI

El caballero, para imitar tan loable ejemplo, se quitó el yelmo, el coselete y la mayor parte de su armadura, y mostró al ermitaño una cabeza de espeso cabello rizado de color rubio, facciones marcadas, ojos azules, notablemente brillantes y chispeantes, una boca bien formada, con el labio superior provisto de un bigote más oscuro que su cabello, y ostentando en conjunto el aspecto de un hombre audaz, atrevido y emprendedor, con el cual su fuerte complexión concordaba perfectamente.

El ermitaño, como si quisiera corresponder a la confianza de su huésped, echó atrás la capucha y dejó ver una cabeza redonda y pelada propia de un hombre en la plenitud de la vida. Su coronilla bien afeitada, rodeada por un círculo de cabello negro, rígido y rizado, tenía cierto parecido con el corral del concejo rodeado por su alto seto. Sus rasgos no expresaban nada de austeridad monástica ni de privaciones ascéticas; por el contrario, era un rostro audaz y ufano, de anchas cejas negras, frente bien moldeada y mejillas tan redondas y

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