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XVI

—¡Salud, santo clérigo de Copmanhurst! —respondió el guerrero, y su anfitrión le secundó con un brindis semejante en otra copa rebosante.

—Santo clérigo —dijo el forastero, después de tragarse así la primera copa—, no puedo dejar de maravillarme de que un hombre poseedor de tales carnes y tendones como los tuyos, y que además muestra el talento de tan gallardo comensal, piense en habitar solo en este desierto.

A mi juicio, estás más capacitado para guardar un castillo o una fortaleza, comiendo de lo mejor y bebiendo de lo fuerte, que para vivir aquí a base de legumbres y agua, o incluso de la caridad del guarda. Al menos, si yo fuera como tú, me procuraría tanto diversión como abundancia a costa de los ciervos del rey. Hay muchos hermosos rebaños en estos bosques, y jamás se echará de menos un gamo que vaya a parar al uso del capellán de San Dunstan.

—Señor Caballero Modorro —respondió el clérigo—, son estas palabras peligrosas, y os ruego que os abstengáis de ellas. Yo soy fiel ermitaño del rey y de la ley, y si arruinase la caza de mi señor, tendría la prisión segura y, si mi sotana no me librase, correría no pequeño peligro de la horca.

“Sin embargo, si yo fuera tú —dijo el caballero—, daría mi paseo a la luz de la luna, cuando los monteros y guardas están calentitos en la cama, y de vez en cuando —mientras desgranaba mis rezos— dejaría volar una flecha entre las manadas de ciervos pardos que pastan en los claros. Respóndeme, Santo Clérigo, ¿jamás has practicado semejante pasatiempo?”

—Amigo Holgazán —respondió el ermitaño—, has visto todo lo que puede interesarte de mis quehaceres domésticos, y algo más de lo que merece quien toma posada por la fuerza. > Créeme, es mejor disfrutar del bien que Dios te envía, que ser impertinentemente curioso sobre cómo llega. Llena

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