semejante al de aquel que extrae veneno de las hierbas más saludables y necesarias”.
Los ojos del Templario arrojaron fuego ante esta reprimenda: «Escucha —dijo—, Rebeca; hasta ahora te he hablado con suavidad, pero ahora mi lenguaje será el de un conquistador. Eres la cautiva de mi arco y de mi lanza, sujeta a mi voluntad por las leyes de todas las naciones; ni cederé una pulgada de mi derecho, ni me abstendré de tomar por la fuerza lo que le niegas a la súplica o a la necesidad».
—Apártate —dijo Rebeca—, ¡apártate y escúchame antes de que te atrevas a cometer un pecado tan mortal! Puede que a la fuerza me derrotes, pues Dios hizo débiles a las mujeres y confió su defensa a la generosidad del hombre. Pero pregonaré tu villanía, Templario, de un confín a otro de Europa. Le deberé a la superstición de tus hermanos lo que su compasión acaso me niegue. Cada Preceptoría, cada Capítulo de tu Orden sabrá que, como un hereje, has pecado con una judía. Aquellos que no tiemblen ante tu crimen, te considerarán maldito por haber deshonrado de tal modo la cruz que llevas, al seguir a una hija de mi pueblo.
—Tienes agudo ingenio, judía —respondió el Templario, muy consciente de la verdad de lo que ella decía, y de que las reglas de su Orden condenaban de la manera más rotunda, y bajo severas penas, intrigas como la que él ahora llevaba a cabo, y de que, en algunos casos, incluso la degradación había sido la consecuencia—; tienes agudo ingenio —dijo—; pero muy alta tendrá que ser tu voz de queja para que se oiga más allá de los muros de hierro de este castillo; dentro de estos, los murmullos, los lamentos, las súplicas de justicia y los gritos de auxilio se apagan por igual en el silencio. Una sola cosa puede salvarte, Rebecca. Sométete a tu sino: abraza nuestra religión, y saldrás con tal pompa que muchas damas normandas se verán superadas tanto en lujo como en belleza por la favorita de la mejor lanza entre los defensores del Temple.