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XXVII

—Ay, pero —dijo Wamba—, vuestra excelencia caballeresca descubrirá que entre nosotros hay más necios que hidalgos.

—¿Qué significa la insolencia del bribón? —dijo Front-de-Boeuf, mirando a sus seguidores, quienes, reacios y remisos, balbucearon su creencia de que, si aquel que estaba presente no era Cedric, no sabían qué había sido de él.

—¡Santos del Cielo! —exclamó De Bracy—, ¡debe de haber escapado con los hábitos del monje!

«¡Demonios del infierno! —exclamó Front-de-Boeuf—, ¡fue entonces el jabalí de Rotherwood a quien conduje hasta el postigo y despedí con mis propias manos! Y tú —le dijo a Wamba—, cuya insensatez pudo burlar la sabiduría de idiotas aún más necios que tú, ¡te conferiré las órdenes sagradas, te rasuraré la coronilla! ¡Aquí, que le arranquen el cuero cabelludo y luego arrójenlo de cabeza desde las almenas! Tu oficio es hacer gracias, ¿puedes hacerlas ahora?».

—Me tratas mejor de lo que mereces, noble caballero —sollozó el pobre Wamba, cuyos hábitos de bufonería no lograban doblegarse ni ante la perspectiva inminente de la muerte—; si me das el capirote rojo que propones, de un simple monje harás un cardenal.

—El pobre infeliz —dijo De Bracy—, está decidido a morir en su ley.⁠—Front-de-Boeuf, no lo matarás. Dámelo para divertir a mis Compañeros Libres.⁠—¿Qué dices, villano? ¿Cobrarás ánimo y te irás a la guerra conmigo?

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