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XXXVIII

cristianos, lo creéis; ha sido, según decís, abrogado; pero mis maestros no me han enseñado así.

—Que nuestro capellán —dijo Beaumanoir—, se adelante y le diga a este infiel obstinado...

—Perdonad la interrupción —dijo Rebeca con sumisión—; soy una doncella, poco habitada a disputar sobre mi religión, pero sé morir por ella, si esa es la voluntad de Dios. Ruego que me déis vuestra respuesta a mi petición de un campeón.

—Dame su guante —dijo Beaumanoir—. ¡Este es, en verdad —continuó, mientras miraba la textura frágil y los dedos finos—, un leve y frágil reto para un propósito tan mortal! —Ves, Rebeca, así como este guante tuyo, delgado y ligero, es a uno de nuestros pesados guanteletes de acero, así es tu causa a la del Temple, pues es a nuestra Orden a la que has desafiado.

—Poned mi inocencia en la balanza —respondió Rebeca—, y el guante de seda pesará más que el guante de hierro.

—¿Entonces persistes en tu negativa a confesar tu culpa y en ese audaz desafío que has lanzado?

—Insisto, noble señor —respondió Rebeca.

—Sea así, pues, en el nombre del Cielo —dijo el Gran Maestre—; ¡y que Dios muestre la verdad!

—Amén —respondieron los Preceptores a su alrededor, y la palabra fue resonada profundamente por toda la asamblea.

—Hermanos —dijo Beaumanoir—, sabéis bien que habríamos podido negarle a esta mujer el beneficio del juicio por combate; pero, aunque judía e incrédula, es también extranjera e indefensa, y Dios nos libre de negarle el beneficio de nuestras benignas leyes si llega a solicitarlo.

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