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XIII

ellos. Por lo demás, señores, espero que nadie aquí niegue mi derecho a conferir los feudos de la corona a los fieles seguidores que me rodean, dispuestos a cumplir con el habitual servicio militar, en lugar de aquellos que han vagado a países extranjeros y no pueden rendir homenaje ni servicio cuando se les requiere.

El público estaba demasiado interesado en la cuestión como para no declarar del todo indudable el derecho supuesto del Príncipe.

«¡Un Príncipe generoso!, ¡un noble señor que toma así sobre sí la tarea de recompensar a sus fieles seguidores!»

Tales fueron las palabras que brotaron del séquito, todos ellos a la espera de mercedes similares a costa de los partidarios y favoritos del rey Ricardo, si es que aún no las habían recibido. El prior Aymer también secundó la proposición general, observando, sin embargo, «que la bendita Jerusalén no podía en verdad tildarse de tierra extranjera. Era communis mater —la madre de todos los cristianos—. Mas no veía —declaró— cómo el caballero de Ivanhoe podía argüir ventaja alguna de ello, ya que él» (el prior) «tenía la certeza de que los cruzados, bajo el mando de Ricardo, jamás habían avanzado mucho más allá de Ascalón, la cual, como todo el mundo sabía, era una ciudad de los filisteos y no tenía derecho a ninguno de los privilegios de la Ciudad Santa».

Waldemar, cuya curiosidad lo había llevado hacia el lugar donde Ivanhoe había caído al suelo, regresó en ese momento.

—Es probable —dijo— que este valiente le cause pocos trastornos a vuestra Alteza y deje a Front-de-Boeuf en tranquila posesión de su botín; está gravemente herido.

—Sea de él lo que fuere —dijo el príncipe Juan—, es el vencedor del día; y fuera él diez veces nuestro enemigo, o el devoto amigo de nuestro hermano, lo que tal vez sea lo mismo, hay que atender a sus heridas; nuestro propio médico le asistirá.

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