el príncipe Juan se mantuvo en su propia opinión, bajo el argumento de que el Caballero Desheredado y su bando habrían perdido la jornada de no ser por la poderosa ayuda del Caballero de la Armadura Negra, a quien, por lo tanto, insistió en otorgar el premio.
Para sorpresa de todos los presentes, sin embargo, el caballero así elegido no aparecía por ninguna parte.
Había abandonado las listas en cuanto cesó el combate, y algunos espectadores lo habían visto adentrarse por uno de los claros del bosque con el mismo paso lento y el aire apático e indiferente que le habían valido el apodo del Holgazán Negro.
Tras ser llamado dos veces a toque de trompeta y mediante proclamación de los heraldos, se hizo necesario nombrar a otro para que recibiera los honores que se le habían asignado. El príncipe Juan ya no tenía más excusa para oponerse a la pretensión del Caballero Desheredado, a quien, por lo tanto, proclamó campeón de la jornada.
A través de un campo resbaladizo de sangre y sembrado de armaduras rotas y de cuerpos de caballos muertos y heridos, los mariscales de las listas condujeron de nuevo al vencedor hasta los pies del trono del príncipe Juan.
—Caballero Desheredado —dijo el príncipe Juan—, ya que solo con ese título consentís en ser conocido por nosotros, os otorgamos por segunda vez los honores de este torneo y os anunciamos vuestro derecho a reclamar y recibir de manos de la Reina del Amor y de la Belleza la Diadema de Honor que vuestro valor ha merecido justamente.
El Caballero hizo una reverencia profunda y graciosa, pero no dio respuesta alguna.
Mientras las trompetas sonaban, mientras los heraldos se desgastaban la voz proclamando honor al valiente y gloria al vencedor —mientras las