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XXXIII

—Sanas y salvas, tal como me fueron arrebatadas —dijo el judío—; de otro modo, no hay trato.

—Paz, Isaac —dijo el Bandolero—, o renuncio a defender tus intereses. ¿Qué os parece este propósito mío, prior Aymer?

—El asunto —dijo el Prior— es de condición mixta; pues, si por un lado hago mucho bien, por el otro, en cambio, redunda en provecho de un judío, y en tanto va en contra de mi conciencia.

Sin embargo, si el israelita beneficia a la Iglesia dándome algo para la construcción de nuestro dormitorio, cargaré sobre mi conciencia el ayudarle en el asunto de su hija.

—Por veinte marcos para el dormitorio —dijo el Proscrito—; ¡ Estate quieto, te digo, Isaac!, o por un par de palmatorias de plata para el altar, no nos vamos a poner quisquillosos contigo.

—No, por Dios, buen Diccon Tensa-el-Arco —dijo Isaac, esforzándose por interponerse.

—¡Buen judío! ¡Buena bestia! ¡Buena lombriz de tierra! —dijo el hacendado, perdiendo la paciencia—; si sigues poniendo tu sucio lucro en la balanza frente a la vida y el honor de tu hija, ¡por el Cielo que te despojaré hasta del último maravedí que posees en el mundo antes de que pasen tres días!

Isaac se encogió y guardó silencio.

—¿Y qué garantía he de tener de todo esto? —dijo el Prior.

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