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XVI

Para entonces, tanto el caballo como el hombre necesitaban reponer fuerzas, y se hacía necesario, además, buscar algún lugar donde pasar la noche, que ya se avecinaba rápidamente.

El lugar en el que se encontraba el viajero parecía poco propicio para conseguir refugio o refrigerio, y era probable que se viera reducido al habitual expediente de los caballeros andantes, quienes, en tales ocasiones, solían soltar a sus caballos para que pacen y se recostaban a meditar en su dama, utilizando un roble como dosel.

Pero el Caballero Negro o bien no tenía ninguna dama en quien meditar, o bien, siendo tan indiferente en el amor como parecía serlo en la guerra, no estaba lo suficientemente ocupado con reflexiones apasionadas sobre su belleza y crueldad como para poder contrarrestar los efectos de la fatiga y el hambre, y permitir que el amor actuara como sustituto de las sólidas comodidades de una cama y una cena.

Se sintió disgustado, por tanto, cuando, al mirar a su alrededor, se vio profundamente adentrado en unos bosques a través de los cuales había, en verdad, muchos claros y algunos senderos, pero de esos que parecían formados únicamente por los numerosos rebaños de ganado que pacían en el bosque, o por los animales de caza y los cazadores que hacían presa de ellos.

El sol, por el cual el caballero había guiado principalmente su rumbo, se había ocultado ya tras las colinas de Derbyshire a su izquierda, y cualquier esfuerzo que pudiera hacer para proseguir su viaje tenía tantas probabilidades de apartarlo de su camino como de hacerlo avanzar en su ruta. Tras haber intentado en vano elegir el sendero más trillado, con la esperanza de que pudiera conducirle a la cabaña de algún vaquero o a la caseta silvestre de un guardabosques, y tras haberse hallado repetidas veces totalmente incapaz de tomar una decisión, el caballero resolvió

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