Esto era lo que el caballero más deseaba evitar, consciente de que los hombres a los que mandaba, al ser voluntarios impetuosos y sin adiestramiento, imperfectamente armados y desacostumbrados a la disciplina, debían, ante cualquier ataque repentino, luchar con gran desventaja frente a los veteranos soldados de los caballeros normandos, quienes estaban bien provistos de armas tanto defensivas como ofensivas; y que, para igualar el ardor y el gran espíritu de los sitiadores, poseían toda la confianza que brota de la disciplina perfecta y el uso habitual de las armas.
El caballero empleó aquel intervalo en hacer construir una especie de puente flotante, o larga balsa, por medio del cual esperaba cruzar el foso a pesar de la resistencia del enemigo.
Esta fue una labor de cierto tiempo, lo cual los jefes lamentaron tanto menos por cuanto le daba a Ulrica el tiempo necesario para ejecutar su plan de distracción en favor de ellos, fuere cual fuere este.
Cuando la balsa estuvo terminada, el Caballero Negro se dirigió a los sitiadores:—«De nada sirve aguardar aquí más tiempo, amigos míos; el sol desciende hacia occidente—y tengo entre manos asuntos que no me permiten demorarme con vosotros ni un día más. Además, sería un milagro que los jinetes no nos cayeran encima desde York, a menos que cumplamos nuestro propósito con presteza. Por tanto, que uno de vosotros vaya a Locksley y le ordene iniciar una descarga de flechas en el lado opuesto del castillo, avanzando como si fuera a asaltarlo; y vosotros, leales corazones ingleses, quedaos junto a mí y estad listos para empujar la balsa de proa sobre el foso tan pronto como se abra el postigo de nuestro lado. ¡Seguidme con audacia al otro lado y ayudadme a reventar esa puerta falsa en el muro principal del castillo! Tantos de vosotros a quienes no agrade este servicio, o que vayáis mal armados para afrontarlo, ocupad la parte superior de la obra exterior, tensad las cuerdas de vuestros arcos hasta las orejas y cuidad de abatir con vuestros disparos