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XXXI

Esto era lo que el caballero más deseaba evitar, consciente de que los hombres a los que mandaba, al ser voluntarios impetuosos y sin adiestramiento, imperfectamente armados y desacostumbrados a la disciplina, debían, ante cualquier ataque repentino, luchar con gran desventaja frente a los veteranos soldados de los caballeros normandos, quienes estaban bien provistos de armas tanto defensivas como ofensivas; y que, para igualar el ardor y el gran espíritu de los sitiadores, poseían toda la confianza que brota de la disciplina perfecta y el uso habitual de las armas.

El caballero empleó aquel intervalo en hacer construir una especie de puente flotante, o larga balsa, por medio del cual esperaba cruzar el foso a pesar de la resistencia del enemigo.

Esta fue una labor de cierto tiempo, lo cual los jefes lamentaron tanto menos por cuanto le daba a Ulrica el tiempo necesario para ejecutar su plan de distracción en favor de ellos, fuere cual fuere este.

Cuando la balsa estuvo terminada, el Caballero Negro se dirigió a los sitiadores:⁠—«De nada sirve aguardar aquí más tiempo, amigos míos; el sol desciende hacia occidente⁠—y tengo entre manos asuntos que no me permiten demorarme con vosotros ni un día más. Además, sería un milagro que los jinetes no nos cayeran encima desde York, a menos que cumplamos nuestro propósito con presteza. Por tanto, que uno de vosotros vaya a Locksley y le ordene iniciar una descarga de flechas en el lado opuesto del castillo, avanzando como si fuera a asaltarlo; y vosotros, leales corazones ingleses, quedaos junto a mí y estad listos para empujar la balsa de proa sobre el foso tan pronto como se abra el postigo de nuestro lado. ¡Seguidme con audacia al otro lado y ayudadme a reventar esa puerta falsa en el muro principal del castillo! Tantos de vosotros a quienes no agrade este servicio, o que vayáis mal armados para afrontarlo, ocupad la parte superior de la obra exterior, tensad las cuerdas de vuestros arcos hasta las orejas y cuidad de abatir con vuestros disparos

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